Espectador-productor · Infancias

La magdalena de Midón: el milagro de recuperar el tiempo perdido en el teatro.

Reflexiones sobre la obra Vivitos y Coleando 2

En 1913 Marcel Proust (un asmático insomne e hipersensible como mi terapeuta) inauguró En busca del tiempo perdido con una escena minúscula y descomunal: el narrador moja una magdalena en una taza de té y, antes de que el sabor llegue siquiera a nombrarse, todo un mundo —Combray, la tía Léonie, los domingos de infancia— resucita intacto. Proust llamó a esto memoria involuntaria: el cuerpo recuerda antes que la razón, y ese recuerdo no se evoca, se padece, se atraviesa como un viaje. La obra de Hugo Midón (toda ella, no solo esta entrega) le produce exactamente eso al espectador adulto que vuelve a sentarse en una butaca infantil. No hace falta querer recordar, alcanza con escuchar el primer acorde de Carlos Gianni para que el Combray de cada uno —el patio del jardín de infantes, la nariz roja, la primera vez que el teatro dejó de ser una cosa de grandes— vuelva entero, sin permiso.

Vivitos y Coleando 2, que estrenó este sábado 20 de junio en el Auditorio de Belgrano retoma ese universo de payasos soñadores, rebeldes y curiosos. Midón diseñó este universo como quien diseña una lengua materna: con objetos cotidianos —una escoba, un balde, un espejo— elevados a la categoría de símbolo, y con preguntas enormes (crecer, elegir, compartir, imaginar) disfrazadas de juego. Lo que distingue a Midón de cualquier entretenimiento infantil de catálogo es justamente que nunca subestimó al niño ni le mintió al adulto que lo acompaña y por eso la madeleine funciona, aunque cada generación la mastique distinto.

No actúa el texto de Midón, sino que lo hereda, que es un verbo mucho más exigente.

El elenco, encabezado por Osqui Guzmán junto a Flavia Pereda, Julián Pucheta, Federico Dryzun, Lucía López Curcio, Irupé Cruz y Hernán Cáceres, no actúa el texto de Midón, sino que lo hereda, que es un verbo mucho más exigente. Si la magdalena de Proust necesitaba del té exacto para activarse, esta tropa de payasos necesita del tono exacto —ni nostálgico ni paródico— para que la memoria afectiva del público no se rompa en el intento. Hay un brillo que merece nombrarse aparte: Flavia Pereda construye una payasa de una precisión y una calidez tan singulares que termina siendo, ella sola, una nueva magdalena dentro de la magdalena, un recuerdo que el espectador no sabía que estaba esperando hasta que aparece en escena. Y si los cuerpos de este elenco bailan con tanta soltura y tanto sentido narrativo —porque en Midón el baile nunca es adorno, sino relato— buena parte del mérito corresponde a la coreografía de Marina Svartzmann, que logra que cada secuencia cuente algo distinto de la trama sin perder jamás el pulso lúdico que la pieza exige.

En suma, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno, Vivitos y Coleando 2 es una propuesta que vale la pena disfrutar, reír y, sobre todo, recordar en el sentido más proustiano del término: no como ejercicio de nostalgia sino como prueba de que el tiempo perdido —el de la propia infancia— puede recuperarse intacto durante noventa minutos. Este espectador-gestor aplaude que se haya apostado por sostener en cartel la dramaturgia de Hugo Midón treinta y siete años después de su estreno original: preservar, reponer y dar continuidad a nuestros clásicos nacionales para la infancia es, ni más ni menos, una política cultural, y nuestro teatro necesita gestores dispuestos a ejercerla.

— R. S. A. Publicada originalmente en Instagram