Espectador-productor · Unipersonal
Freud, mi vecina del 4°C y el consorcio del deseo.
Reflexiones sobre la obra Trunco, una de flores y cuchillos
En 1923 Sigmund Freud (un vienés obsesionado con todo aquello que no se dice en voz alta, como mi vecina del 4°C) publicó El yo y el ello y nos arruinó la ilusión de ser una sola persona. Adentro de nuestro edificio interior somos tres inquilinos discutiendo en el mismo palier el pago de expensas extraordinarias. En el 2°B está el ello que desea sin pedir permiso. El superyó vigila desde el 5°D con la voz prestada de los otros. Y el yo, pobre tipo que vive en la planta baja hace equilibrio entre ambos para que la cosa no estalle y haya que llamar al administrador. Trunco, una de flores y cuchillos —unipersonal de monoambiente escrito e interpretado por Javier Marra y dirigido por Lisandro Penelas en Moscú Teatro— es la puesta en escena más delicada que vi en mucho tiempo de ese consorcio de Locadores/locatarios que llevamos adentro. Muchos deben expensas.
Un adolescente vuelve al pueblo donde pasaba los veranos de la infancia, el pueblo de la abuela, y desanda un amor de los noventa con otro chico. Eso es todo y eso es enorme. Imagínense que salí de ver la obra y me quedé sin palabras (Eva, mi roomie, es fiel testigo). Hacía tiempo que no me pasaba. Porque la obra reparte la topografía freudiana en dos objetos que el título ya nos entrega. Las flores son el ello: el deseo antes de tener nombre, el verano, el pan tibio, el cuerpo que se entera de algo. Los cuchillos son el superyó: la vereda que mira, el vecino que registra, la época que dictamina qué se puede y qué no. Y el yo es esa abuela que le enseña al nieto dónde tirar el cuchillo para no lastimar —la escena más hermosa de la pieza y también su tesis/reglamento de convivencia. Toda una pedagogía de la supervivencia: aprender la puntería del disimulo. En los pueblos, la mirada del otro no es una metáfora sartreana; es una institución con horario de atención (cosa reflejada en una escena preciosa donde abuela y nieto se sientan en la puerta de la casa a saludar gente que pasa caminando).
Eso es todo y eso es enorme.
En el centro, Javier Marra que guarda todos los cuchillos y se queda con el pan —con el cuerpo, la voz y la respiración—, y ese despojamiento es su acto de arrojo mayor. Al finalizar la función enuncia que está acostumbrado a poner su cuerpo al servicio de otras dramaturgias, pero gracias por esta vez ponerle el cuerpo a su propia pluma.
La estirpe es reconocible y es nuestra. Está Manuel Puig, claro, porque Vedia y General Villegas (parte de mi secundaria la hice en un instituto agropecuario de esta ciudad) son el mismo noroeste bonaerense y el mismo murmullo condenatorio convertido en literatura. Está, sobre todo, Jorge Paolantonio, ese poeta-novelista que escribió toda su vida la provincia desde Buenos Aires, con una prosa que trabaja el pudor como forma superior de la intensidad. Marra navega, sin saberlo, en esa lengua y es genial que Javier nunca lo haya leído. Yo sí, Jorge fue quien me enseñó a ver teatro. Estoy seguro de que hoy, a través mío, se le estrujó el alma. Hoy, como dice su obra, llenamos un alambique como para hacer licor de tristura.
— R. S. A. Publicada originalmente en Instagram